A vueltas con el Carisma

De la prensa económica de este fin de semana destacaría el artículo de Douglas McEncroe en Cinco Días, titulado “¿Dónde están los Felipe de hoy?”. Douglas, uno de los mejores coaches que hay en nuestro país y gran experto en medición y desarrollo del Liderazgo (además de un chef excepcional y una extraordinaria persona), comenta en este artículo que, siendo australiano y después de cuatro años en Florencia, se enamoró de España porque un joven presidente de gobierno le hablaba de un país y una Europa por construir. Esa capacidad de ilusionar la ha comprobado en directivos como Hans Straberg (Electrolux Suecia), José Cela (Grupo Zurich) y Francisco Román (Vodafone). 22 años después, Douglas echa de menos ese (aunque no utiliza la palabra) Carisma.
La revista Esquire, en el número de marzo de 2008, coloca un primer plano de Obama en la portada y la definición de CARISMA.1.m. Fascinación, encanto que ejercen algunas personas sobre los demás. 2. Don gratuito que Dios concede a algunos individuos en beneficio de la comunidad. 3.Atractivo, personalidad. No es, evidentemente, la definición que da el diccionario de la Real Academia (sí la segunda acepción, la religiosa sobre el don divino, más una previa: especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar). Después de un primer debate electoral y a dos días del segundo y último, ¿estamos buscando Carisma entre los candidatos a Presidente del Gobierno?

Es lo que parecía reclamar la ensayista de The New York Times Kate Zernike en un artículo publicado en El País el pasado jueves, “Cuando el carisma conduce al poder”. Kate cita el caso de F. D. Roosevelt en 1933 (cuatro de cada diez estadounidenses sin empleo): los ciudadanos “recuperaron la confianza por la confianza del presidente”. Ese “culto a la personalidad” (dice Zernike) se da en Obama y se dio en Kennedy. “El líder carismático aparece en tiempos de crisis o de anhelo nacional”. Lo ideal, según la biógrafa de presidentes Doris Kearns Goodwin, es una mezcla entre experiencia y carisma. En la portada del The Economist, con una foto de Obama, se preguntan: “Can he deliver?” (¿puede cumplir lo que promete?).

En La Razón, Manuel Calderón titula su artículo de hoy “Carne al precio del carisma”, y destaca: “Hay un momento en el que al líder no le queda mas remedio que actuar como un chamán. Pero el carisma que más vale es el de contar con una buena historia, saber meter la frase mágica, el “yes, we can”.” Y cierra con una cita de Max Weber: “Si el agraciado con el carisma se muestra abandonado por su dios…, si su liderazgo no trae ningún beneficio a sus seguidores, es probable que su autoridad carismática desaparezca”.

Por eso se queja mi admirado José Antonio Marina de que en las elecciones la retórica (que aparece en los debates televisivos) no debería superar a una decisión meditada. Entiendo que 13 millones de españoles siguiéramos el primer debate y muchos se sintieran más o menos frustrados por la falta de frases que pasen a la posterioridad, pero vale la pena recordar que el Liderazgo es cuestión de Presencia, no de Carisma. Es en, más de un 90%, pura inteligencia emocional: un proyecto ilusionante y la capacidad de gestionar las propias emociones y la relación con los demás (seguridad en [email protected] [email protected] serenidad ante las dificultades, espíritu de superación, voluntad de servicio y búsqueda de sinergias). Huyamos de dones divinos y magnetismos inexplicables y desarrollemos la capacidad que tenemos de conectar entre los seres humanos. Siguiendo los ejemplos que nos ofrece Douglas McEncroe, conozco bien a José Cela, a Francisco Román (y al primer ejecutivo de Electrolux en España, Ricardo Carramiñana), les he visto de cerca trabajar, y me parecen magníficos ejecutivos: honestos, versátiles, efectivos. Humanistas de verdad en los tres casos, y haciendo lo correcto los resultados están ahí. Pero, aunque su presencia es muy especial, no me parecen carismáticos. Afortunadamente para ellos.

Por cierto, aviso a navegantes. El veterano periodista José Apezarena escribe hoy en La Gaceta: “Cuando el Centro de Investigaciones Sociológicas publicó que la distancia entre el PSOE y el PP era de punto y medio, surgió la pregunta de por qué se atrevía a sugerir un empate técnico. Había que suponer que al Gobierno e “interesaba” enviar ese mensaje, para movilizar a la izquierda ante una posible derrota socialista.
La predicción del CIS se movía en el entorno de la mayor parte de los sondeos. Se había instalado la idea del empate. Hasta que el escenario ha saltado por los aires con los último estudios. Uno de ellos, en Telecinco, sitúa al PSOE 6’5 puntos por encima, y apunta la posibilidad de que consiga mayoría absoluta, ya que adjudica entre 170 y 177 escaños.
Cuando las firmas de los sondeos tienen la mala costumbre de mirarse en el rabillo del ojo para no correr riesgos, en cuanto se ha roto la espita han empezado a saltar otras encuestas en la misma dirección.
Ningún estudio serio ha pronosticado la victoria del PP. Pero eso tampoco garantiza nada. En las elecciones de 2000, avanzaron por un triunfo de Aznar por los pelos y ni una sola encuesta entrevió la mayoría absoluta que consiguió”.
Por ello, Gabriel Elorriaga, secretario de comunicación del PP, ha declarado a Financial Times (y es portada de hoy en Público): “Toda nuestra estrategia está centrada en desalentar a los votantes socialistas. Sabemos que ellos nunca nos votarán. Pero si podemos sembrar suficientes dudas sobre la economía, la inmigración y las cuestiones nacionalistas, entonces quizás se queden en casa”. Desde esta lectura, el primer debate no fue atractivo, pero sí efectivo. Zapatero y Rajoy no trataban de captar el voto de centro, como se nos hacía creer. El líder del PP buscó desmovilizar a los votantes socialistas y el actual Presidente del Gobierno hizo lo posible por conseguir que el 9-M no se queden en casa (como dice el lema del PSC: “Si tú no vas, ellos vuelven”).
Efectivamente, las encuestas se equivocaron en el 93 (no predijeron una nueva victoria de Felipe González), en el 96 (Aznar ganó por menos de lo previsto), en el 2000 (no previeron la mayoría absoluta del PP) ni en el 2004 (el vuelco a favor del PSOE). Y lo harán de nuevo, me temo, en 2008: si la participación es similar a la de hace cuatro años, el PSOE ganará ampliamente; si es mucho más baja, el gobierno será del PP. Creo que el dato de participación nos dará la respuesta.

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