La ridícula idea de no volver a verte

He
estado leyendo la última obra de Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte. Como sabes, Rosa Montero
(Madrid, 1951) estudió periodismo y psicología, ha ganado el Premio Mundo de
entrevistas (1978), el Nacional de Periodismo (1980) y el Rodríguez Santamaría
por su trayectoria como periodista (2005). Ha escrito una docena de novelas y
es Doctora Honoris Causa por la Universidad de Puerto Rico.
Me
gusta la dedicatoria: “Para toda mi gente querida, con amor. Sabéis quiénes
sois aunque no os nombre”.
En
noviembre de 2011, Rosa estaba escribiendo una novela (llevaba dos años tomando
notas), que dejó al mes siguiente (fue un aborto de cuya salud literaria se
resintió, confiesa ella misma). En eso recibió un e-mail de Elena Ramírez,
editora de Seix Barral, con el diario de Marie Curie (20 páginas redactadas a
lo largo de doce meses tras la muerte de su pareja Pierre, atropellado por un
coche de caballos).
Marie
Curie fue capaz de ganar dos Premios Nobel, en Física en 1903 con su marido
Pierre Curie y en Química en 1911, en solitario (solo tres personas han ganado
dos Premios, y de ellos Linus Pauling en dos disciplinas distintas: Química y
de la Paz). No solo fue la primera mujer en recibir un Premio Nobel y la única
en recibir dos, sino la primera licenciada en Ciencias en la Sorbona, la
primera en doctorarse en Ciencias en Francia, la primera en tener una cátedra.
“Una pionera absoluta. Un ser distinto”. Y la primera en ser enterrada en el
panteón de “hombres ilustres”.
“El
verdadero dolor es indecible”, escribe Rosa Montero. “Si puedes hablar de lo
que te acongoja, estás de suerte: eso significa que no es tan importante.
Porque cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, lo primero que te arranca
es la palabra”. El dolor-alud, el dolor psíquico, es el que sufrió Marie Curie
cuando le trajeron el cadáver de Pierre. Y se encerró en el mutismo. “Pierre
había salido como siempre camino del trabajo, tuvo una comida con colegas y, al
volver al laboratorio, resbaló y cayó delante de un pesado carro de transporte
de mercancías. Los caballos lo sortearon, pero una rueda pesada le reventó el
cráneo. Falleció en el acto”. Marie Curie escribe: “A veces (tengo) la ridícula
idea de que todo esto es una ilusión y que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír
cerrarse la puerta, la ridícula idea de que eras tú?”. La propia Rosa sufrió la
pérdida de su pareja, Pablo, después de una dolorosa enfermedad. “De hecho, la
vida es tan tenaz, tan bella, que incluso desde los primeros momentos de la
pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa,
una risa, una música, la complicidad con un amigo”.
Marie
Curie escribe en su diario (11-mayo-1906): “Pierre mío, me levanto después de
haber dormido bien, relativamente tranquila, apenas hace un cuarto de hora de
todo eso y, fíjate, otra vez tengo ganas de aullar como un animal salvaje”.
Rosa lo llama “el escalofrío de la impudicia”: Marie Curie se salvó de la
aniquilación gracias a redactar esas páginas (“en el origen de la creatividad
está el sufrimiento, el propio y el ajeno”). Sí, “el arte es una herida hecha
luz” (George Braque).
Rosa
no ha podido encontrar una foto en la que salga sonriendo. No era propio de la
época, y no debía ser su naturaleza. Pierre sí era más risueño. En su ataúd,
según Marie comenta, incluyó un retrato suyo de “joven estudiante aplicada”,
que tanto le gustaba a él.
Polaca
de Varsovia, Manya Sklodowska era la menor de cinco hermanos y sintió que debía
honrar a sus padres. Un tremendo mandato, por el que dejó buena parte de su
feminidad. Einstein, que la respetaba intelectualmente, la llamó “fría como un
pez”. “La Ambición tiene una odiosa forma de matar el talento” (Nuria Labari).
Rosa
escribe que “el mayor problema de la mujer occidental consistía en no saber
vivir para su propio deseo”. O, en palabras de Carmen Laforet (Nada, 1944): “Eran como pájaros
envejecidos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un
cielo muy pequeño”. ¿Excepciones? Sí, las hay, como la Viuda de Clicquot, que
convirtió el éxito su champán a la muerte de su marido en 1805, o Irene de
Bizancio, que asumió el poder en el 780 tras la desaparición de su esposo León
IV, o la Papisa Juana (855-857). Pero son eso, excepciones.
Manya
Sklodowska conoció su primera pasión en Casimir, pero los padres de él lo
impidieron (“¡Se me ponen los pelos de punta de sólo pensar que ese mentecato
estuvo a punto de privarnos de la existencia de Marie Curie!”, escribe la
autora). Pero no, la futura Marie Curie marchó a París y se encontró con Pierre
en la primavera de 1894, cuando se había licenciado en Física con el nº 1 de su
promoción. Estudió matemáticas, su segunda carrera, y se sentía culpable por
abandonar a su padre por los estudios. “La Culpabilidad es una emoción tradicionalmente
femenina”, escribe Rosa Montero. “Es una Culpabilidad socialmente inducida por
atreverte a seguir tus deseos, por descuidar tus obligaciones de mujer.
Culpabilidad por ser mala hija, mala hermana, mala esposa, mala madre”. Pero en
eso apareció Pierre, con quien compartía “una afinidad asombrosa en nuestra
concepción de vida”. “En su encuentro con Pierre, que era un hombre más maduro
y completo, la sintonía y la seducción debieron manifestarse explosivamente
desde el primer momento”. En verano de 1894, apenas un par de meses después de
conocerse, él le escribe a ella: “Sería muy hermoso, aunque no me atrevo a
creerlo, pasar la vida uno junto al otro, hipnotizados por nuestros sueños”.
Cuatro años después de la boda, Marie Curie confesó: “Tengo el mejor marido que
podría soñar; nunca había imaginado que encontraría a alguien como él. Es un
auténtico regalo del Cielo, y cuanto más vivimos juntos, más nos queremos”.
Ella había convertido en realidad sus sueños.
Rosa
se maravilla: los dos en la edad justa y atrayéndose sexualmente. “¿No te
parece un milagro? Pues además de los horrores que tanto nos llaman la
atención, la vida también está llena de estos prodigios”. Una convivencia
estrecha, investigando juntos en un miserable cobertizo que servía de laboratorio.
En 1898 hallaron el polonio, 400 veces más radioactivo que el uranio, y después
el radio, 3.000 veces más potente. “El mayor descubrimiento de Pierre Curie fue
Marie Sklodowska. El mayor descubrimiento de ella fue… la radioactividad” (Frederick
Soddy).
Rosa
Montero dice que la muerte juega al escondite inglés (de repente, el abismo).
Por la radioactividad, Pierre estaba en 1905 tan mal que apenas mantenía el
equilibrio (sin el accidente, habría sufrido una agonía espantosa porque la
radioactividad le estaba destruyendo el esqueleto). Pero Marie aprendió lo que
Rosa Montero llama “la Ligereza” (un servidor prefiere denominarla desapego):
“Maravillosa virtud existencial que consiste en saber vivir el presente con
plenitud serena”. En su diario, Marie recuerda que la última frase que le
dirigió no fue de amor ni de ternura. “Luego, ya solo te vi muerto”. La Montero
sentencia: “Cuando uno se libera del espejismo de la propia importancia, todo
da menos miedo”. Y en el diario “Marie se dirige a Pierre porque no pudo
despedirse, porque no pudo decirle todo lo que hubiera tenido que decirle,
porque no pudo completar la narración de su existencia en común” (la propia
Rosa comparte generosamente con [email protected] que Pablo, su Pablo, le llamaba “Mi
perrita” con una ternura absoluta).
Dos
cosas difíciles de entender de la biografía de la Curie, explica Rosa Montero:
que no fuera consciente del peligro del radio (la radioactividad acabó
destrozándola; murió a los 67 de una anemia perniciosa. Su hija Irène, también
Premio Nobel, falleció a los 59 de leucemia). Y su completo silencio respecto a
las dificultades añadidas por el hecho de ser mujer (la propuesta del Nobel a
Pierre Curie no le incluía a ella, pero Pierre dijo que no podía aceptar si no
era galardonada también Marie).
“Solo
siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor y
se puede escribir bien. Actividades todas ellas importantísimas”, escribe Rosa
Montero.
Diario,
14 de mayo de 1906: “Mi pequeño Pierre, quisiera decirte que los ébanos falsos
han florecido, y que las glinicias y el espino blanco y los lirios empiezan, te
habría encantado ver todo esto y calentarte al sol. Quiero decirte también que
me han nombrado para tu puesto y ha habido imbéciles que me han felicitado. Y también
que sigo viviendo sin consuelo y que no sé en qué me convertiré ni cómo
soportaré la tarea que me queda. Por momentos, me parece que mi dolor se
debilita y adormece, pero en seguida renace tenaz y poderoso”. Rosa nos habla
de un amante (Paul Languevin) con quien estaba Marie Curie en julio de 1910:
“Siempre he pensado que el sexo es una vía maravillosa para poder ponerte en el
lugar del otro”. Pero se originó un escándalo y se acabó la relación.
“La
Felicidad. Ese bien esquivo e indefinible”. “Saber ser Feliz es un conocimiento
complicado. Hay quien nunca llega a poseerlo. ¿Supo ser feliz Marie Curie?”, se
pregunta Rosa Montero. “Probablemente sí. O, por lo menos, estuvo muy cerca”.
La propia Marie Curie lo explica en su diario: “En aquel miserable hangar
pasamos los años más felices de nuestra vida, consagrados por completo al
trabajo”. Y es que, “la Felicidad es minimalista. Es sencilla y desnuda. Es una
casi nada que lo es todo”.
“Cuanto
más se envejece, más se siente que saber gozar del presente es un don precioso,
comparable a un estado de gracia”, escribe Marie Curie a su hija Irène en 1928.
Sí, “vivir es la suprema gracia del aquí y del ahora” (Rosa Montero).
Como
no puede ser de otra manera, Rosa finaliza con un elogio a la Ligereza: “En la
Ligereza, la vida flota irisada y sutil, transparente y casi imperceptible,
como una pompa de jabón al sol”. Para la Montero, “no hay nada tan importante
ni tan espléndido como el canto de una niña bajo una higuera”, cuando estaba su
Pablo. Para Marie Curie, cuando estaba investigando con su Pierre. Quién sabe
qué será para cada [email protected] de [email protected]
Gran
libro. Mi agradecimiento a Rosa Montero, espléndida narradora y valiente
introspectora de su alma; a Elena, de Seix Barral, por haberle inspirado; a
Marie Curie y al profundo Amor que sentía por Pierre. Y a quienes sienten la vida como
esta autora y como su biografiada.            

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