Obras de arte: los 30 iconos que definen nuestra cultura; y el genio de Picasso

Jornada entre Madrid y Barcelona, con
reuniones internas con mis compañ[email protected] de ManpowerGroup y con seguimiento
telefónico de procesos de Coaching.
He estado leyendo “DE MONA LISA A LOS
SIMPSON. Por qué las grandes obras de arte se han convertido en iconos de
nuestro tiempo”, de Francesca Bonazzolli y Michele Robecchi, con prefacio de
Maurizio Cattelan.
“La imagen al poder”, señala
Cattelan, cuando hace unos años pensábamos que el futuro sería cinestésico y
que acabaría la primacía del ojo. Pero ahora las pantallas nos dirigen. “¿Cómo,
quién y qué tiene el poder de transformar una obra de arte en un icono laico?”,
se pregunta la Bonazzolli. Una obra de arte necesita de cuatro elementos para
ser famosa: lo que se dice, quién lo dice, cómo se dice y cuándo se dice.
Porque todas las imágenes tienen la capacidad de funcionar, de manera
potencial, antes de ser consagradas (David Freedberg, “El poder de las imágenes”).
Los 30 iconos son:
– El discóbolo de Mirón (alrededor de
480-440 a. C.): Museo Nazionale, Roma.
– Niké de Samotracia (295-287 a. C.):
Museo del Louvre, París.
– Venus de Milo (200 a. C.): Museo
del Louvre, París.
– Laocoonte y sus hijos (20 a. C.):
Museos Vaticanos.
– El nacimiento de Venus, de Sandro
Botticelli (1484). Uffizi, Florencia.
– La Última Cena, de Leonardo da
Vinci (1494). Santa María delle Grazie, Milán.
– Mona Lisa, de Leonardo da Vinci
(1503-1506). Louvre, París.
– David de Miguel Ángel (1504).
Gallerie della Accademia, Florencia.
– La creación de Adán (1511). Capilla
Sixtina, Vaticano.
– Madonna Sixtina, de Rafael
(1512-1513). Dresde.
– Las Meninas, de Diego Velázquez (1656).
Museo del Prado, Madrid.
– La joven de la perla, de Johannes
Vermeer (1665). Mautithuis, La Haya.
– La Maja Denuda (1797-1800) y La
Maja Vestida (1807-1808), de Francisco de Goya. Museo del Prado, Madrid.
– La Libertad guiando al pueblo, de
Eugène Delacroix (1830). Museo del Louvre, París.
– La gran ola de Kanagawa, de
Katsushika Hokusai (1830-1832). Bibliothèque nationale de France, París.
– Desayuno en la hierba, de Édouard
Manet (1863).
– El Pensador, de Auguste Rodin
(1919). Museo Rodin de Filadelfia.
– Los Girasoles, de Vincent Van Gogh
(1888). Neue Pinakothek, Múnich.
– El Grito, de Edvard Munch (1893).
Galería Nacional de Oslo.
– Jane Avril en el Jardín de París,
de Henri de Toulouse-Lautrec (1893).
– Estanque de los nenúfares. Armonía
en verde, de Claude Monet (1899). Museo d’Orsay, París.
– El Beso, de Gustav Klimt
(1907-1908). Österreischische Galerie Belvedere, Viena.
– La Danza, de Henri Matisse
(1909-1910). Museo del Hermitage, San Petersburgo.
– Gótico estadounidense, de Grant
Wood (1930). Art Institute of Chicago.
– La Persistencia de la Memoria, de
Salvador Dalí (1931). MOMA, Nueva York.
– Guernica, de Pablo Picasso (1937).
Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.
–  Composiciones en ojo, azul y amarillo, de Piet
Mondrian (1920-1942).
– Noctámbulos, de Eward Hopper
(1942). Art Institute of Chicago.
– Gold Marilyn Monroe, de Andy Warhol
(1962). MOMA, NY.
– El Hijo del Hombre, de René
Magritte (1964).
Un libro muy interesante, que nos
enseña cómo crear valor a través de la imagen y su significado.
En la contraportada de La Vanguardia
de hoy, Víctor-M. Amela entrevista a Malén Gual, conservadora del Museu Picasso
de Barcelona. Un museo que celebra su 50º aniversario, que posee 4.521 obras
del pintor malagueño y que recibe anualmente un millón de visitantes.
Malén Gual tiene muy claro el
concepto (“Aquí está Picasso antes de Picasso”), el dibujo más precoz (un
dibujo sobre una escultura de Hércules en 1890, con apenas 9 años, propuesto
por su padre y maestro), la evolución de su talento (a los 12 sus progresos son
enormes; con 14, conoce la obra de Casas, Rusiñol, Mir y Nonell, que habían
renunciado a las enseñanzas de la Llotja para impregnarse de las vanguardias en
París; a los 19, es Pablo Ruiz quien marcha a la capital frncesa y en 1909
presenta “Les demoiselles d’Avinyó”), la peculiaridad del Museu (Picasso es el
único artista occidental que en un solo museo tiene reunida obra con su evolución
primeriza”), las piezas que les gustaría tener de los otros museos (del de París,
los collages de 1913; el mencionado “Les demoiselles d’Avinyó” del MOMA de
Nueva York; “Retrato de Gertrude Stein” (1906) del Metropolitan; “Las dos
hermanas” (1902) del Hermitage; “La alegría de vivir” (1946) de Antibes; “Retrato
de Jacqueline”, de Málaga; “La vida” (1903) de Cleveland), la joya del propio
(las 58 piezas de la serie de “Las meninas”), lo prolífico de Picasso (“produjo
unas 60.000 piezas, entre dibujos, pinturas, esculturas, cerámicas y escritos”;
Malén lo llama “incontinencia creadora”), su talento (“Hay un antes y un
después de Picasso: su genio revoluciona la historia del arte, sin él no puede
entenderse el arte posterior) y su carácter (su nieta Marina dijo de él: “No se
puede ser genio y buena persona”, y la conservadora de su Museu lo confirma: “Un
genio del arte o de la ciencia suele ser egocéntrico, su obra es su prioridad. A
Einstein también le pasaba lo mismo”).
Pablo Picasso, a través de los ojos
de Malén Gual: una mirada al genio que me ha interesado mucho y que le
agradezco, tanto a ella como Víctor por sus incisivas preguntas. 

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