Yáñez, el discípulo manchego de Leonardo da Vinci

Reunión estratégica de Dirección en Cuenca hoy y mañana. Empezamos el año con energía.

Por la tarde, hemos tenido algún tiempo para visitar juntos este “lugar con alma”. Cuenca es una ciudad sorprendente. única, que no se ha puesto en valor (por falta de voluntad o de capacidad) y que ofrece a quienes la visitamos todo tipo de maravilla.

Situada a casi 1.000 metros de altura, entre las hoces de los ríos Huéscar y Júcar (“car” en arameo es copa o cáliz), con algo menos de 55.000 habitantes, disfrutó de tiempos gloriosos por la industria textil (las famosas ovejas merinas, de lana de gran calidad). Ha habido población desde el Paleolítico Superior (el agua es riqueza), si bien debe su nombre a Qünka, en la frontera árabe. Conquistada por Alfonso VIII en 1177 (su escudo es una estrella de 8 puntas, símbolo de los templarios) sobre un cáliz, ¿el santo grial?), el Rey le otorgó el “Fuero de Cuenca”, uno de los más prestigiosos de la Edad Media, símbolo de convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. La pañería, una actividad muy lucrativa en los siglos XV y XVI, se hundió en el XVII. En 1833, la ciudad se convirtió en capital de la nueva provincia de Cuenca. Isabelina en tiempos carlistas, carlista contra el gobierno nacional, su economía no ha conocido el impulso industrial. En 1996 su casco antiguo fue declarado Patrimonio de la Humanidad (como otras 14 ciudades españolas y un total de 47 sitios).

Hemos visitado la Catedral de Santa María y San Julián, inspirada por Leonor de Plantagenet (1160-1214), esposa de Alfonso VII de Castilla, hija de Leonor de Aquitania (reina consorte de Francia y de Inglaterra) y de Enrique II Plantagenet, sobrina de Ricardo Corazón de Léon (1157-1199). Leonor de Plantagenet vino a Cuenca acompañada de caballeros normandos. Por la influencia de éstos, fue la primera catedral gótica de España junto con Ávila. Las obras se iniciaron en 1196 y concluyeron en 1257. En el siglo XV se reconstruyó la cabecera gótica: el exterior se renovó casi completamente en el XVI; en el XVII, la capilla del Sagrario y las torres; del XVIII es el nuevo altar mayor; a partir del derrumbe de 1902 se reconstruyó la fachada, neogótica, con gran similitud con Reims.

El planteamiento inicial de la catedral nos recuerda a Soissons, Laon y París. Cinco ábsides, transepto y tres naves en el cuerpo principal. En el siglo XV se reconstruyó la cabecera y doble girola. En el siglo XVI el obispo Quiroga encargó a Juan de Herrera un nuevo claustro, con Andrés de Vandelvira, Juan Andrea Rodi y García de Alvarado. En el siglo XVIII, es Ventura Rodríguez el arquitecto de un Transparente.

Las vidrieras desaparecidas han sido sustituidas con vitrales abstractos a inspiración de las ventanas abstractas instaladas en la catedral de Colonia, según diseños de Gustavo Torner, Bonifacio Alfonso, Gerardo Rueda y Henri Dechanet.

Me han sorprendido especialmente, en la capilla de los Caballeros, los cuadros de Fernando Yáñez de la Almedina (1505-1537), el discípulo manchego de Leonardo da Vinci (al parecer colaboró con él en los frescos de ‘La batalla de Anghiari’, con Miguel Ángel como oponente). Yáñez (nacido en Almedina, Ciudad Real, 1489, Valencia 1536). Le influyó el sfumato leonardesco y estuvo en los círculos venecianos de Giorgione. En Yáez hay tres etapas: una italiana (‘Los santos ermitaños’, en la Pinacoteca de Brera en Milán), una valenciana (las puertas del retablo de la Catedral) y una conquense. En la mencionada capilla, podemos disfrutar de La adoración de los Reyes, los retablos de la Crucifixión, pinturas de los altares de la Piedad y la Epifanía).

Hemos disfrutado también del Museo de Arte Abstracto (obras de Fernando Zóbel, Antonio Saura, Gerardo Rueda, Antoni Tapies) en las casas colgadas, y de un paseo hasta el castillo. Gracias, Víctor Huerta, guía excelente de la ciudad (esperamos tu libro sobre la Catedral) y por supuesto a Marcos como anfitrión.

 

Canción de conquense ilustre (hemos comido en el restaurante de la que ers su casa), José Luis Perales. El inolvidable “¿Y cómo es él?”

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