Cuando fuimos campeones, cuando fuimos felices

Ayer celebramos el 10º aniversario de la victoria de la Selección Española de Fútbol en el Mundial de Sudáfrica. La Dra. Leonor Gallardo y un servidor lo contamos en ‘El Mundial de La Roja’, con prólogo del presidente de la RFEF.

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Me encantó ver el programa ‘Informe Robinson’ “Cuando fuimos campeones” (2010, cuarta temporada).

El 'Informe Robinson' ideal de Michael: 'Cuando fuimos campeones'

72 deliciosos minutos de un guión de José Larraza, Luis Fermoso y Román Escoda. Un homenaje a un equipo de extraordinarios talentos que nos aportó tanto placer y sentido (felicidad, en suma) sino que demostró la grandeza del fútbol. Por eso Jorge Carretero, portavoz de la Federación y artífice comunicativo de las dos Eurocopas y el Mundial (si no lo cuentas no existe) está empeñado en que la UNESCO convierta el deporte rey en Patrimonio de la Humanidad.

Informe Robinson parte de las lesiones previas de Andrés Iniesta y Fernando Torres, dudas para ser convocados. Los dos tendrían un papel protagonista: Iniesta marcó el decisivo en la final y Torres “se rompió” en los minutos finales de la misma.

Informe Robinson: Cuando fuimos campeones (TV) (2010) - Filmaffinity

23 héroes que levantaron un países: los porteros Iker Casillas, Pepe Reina y Víctor Valdés, los defensas Raúl Albiol, Arbeloa, Marchena, Puyol, Piqué Sergio Ramos y Capdevila, los mediocampistas Iniesta, Xavi, Cesc, Busquets, Xabi Alonso, Javi Martínez y David Silva, los delanteros Pedro Rodríguez, Llorente, Jesús Navas, Juan Mata, Fernando Torres y David Villa. Gracias a todos vosotros por hacernos soñar.

Si no has visto el documental, o si lo quieres ver de nuevo, aquí lo tienes. “Hasta aquí la crónica de aquel verano inolvidable de 2010. Permítanme dar las gracias a todos aquellos que dieron lo mejor de sí mismos para hacer felices a millones de españoles. Esto es Informe Robinson. Ha sido un placer. Hasta pronto”.

Este Informe Robinson de 2010 alcanzó la Excelencia y supone el agradecimiento de Michael al país que le recogió con los brazos abiertos. Nos dejó hace poco y siempre estará con nosotros. En sus palabras: “No cabe en una vida de 61 años tanta felicidad y suerte como la mía. Si fuera por eso, tengo 130 años. No creo que la vida me deba nada, más bien al revés”. Eres eterno, querido Michael Robinson.

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Por la tarde fuimos a ver la película rusa ‘Anna Karenina. La venganza es el perdón’ de de Karen Shakhnazarov. con Elizaveta Boyarskaya y Kirill Grebenshchikov. Se trata de la primera vez que en la gran pantalla veo el drama de Tolstoi, gran conocedor del alma humana, desde la perspectiva de los propios rusos.

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Sinopsis: “No hay una verdad única en el amor, sino que cada quien encuentra su propio camino. ¿Qué debe tener prioridad: la pasión o el deber? ¿Cómo elegimos? ¿Y a quién le toca juzgar? Estas son las preguntas eternas, lanzadas sin remordimientos hacia nosotros por la vida. Anna Karenina hizo su elección, dejando a su hijo Sergei crecer luchando por entender por qué su madre tomó tan trágico y terrible camino, y al conde Vronsky atormentado a causa del recuerdo de la mujer por cuya muerte todavía se culpa después de 30 años. En 1904, después de una de las batallas de la guerra ruso-japonesa, Sergei Karenin y Alexey Vronsky se encuentran en un remoto pueblo manchuriano, donde el destino les ofrece la oportunidad de regresar a los acontecimientos del pasado, para finalmente encontrar las respuestas que ambos han buscado por largo tiempo.”

El 10 de diciembre de 2013 escribí en este Blog sobre “el síndrome de Anna Karenina” a propósito del artículo de Xavier Guix con el mismo título. “Más allá de la experiencia del enamoramiento existe una dimensión enajenante por su intensidad y descontrol que suele caracterizarse por una exaltación de todos los sentidos, una necesidad de fusión afectiva y un estado de dependencia de esos corazones apasionados. Viven en un sinvivir porque nada tiene sentido, nada existe y nada puede soportarse si no permanecen juntos. Están “pillados” el uno con el otro. Más que una alegría es un sufrimiento por ausencia o por suponer un trágico abandono. Como Romeo y Julieta, la vida no vale si no pueden amarse”.

El Amor como trastorno afectivo obsesivo. Seres “tocados” por Cupido. Proseguía Guix en el artículo: “Aunque a muchas personas les gustaría que la pasión durara toda la vida, lo cierto es que la asiduidad, la convivencia y las tareas domésticas acaban por matar ese deseo que se convierte en angustia cuando no puede ser poseído. Nada asesina tanto el deseo como su consumación. La ilusión queda desvelada cuando se descubre que, en
efecto, no solo se puede vivir sin el otro, sino, incluso, mejor. Entonces, el
amor debe de ser algo más misterioso que la pasión cuando se prefiere
permanecer al lado de alguien.”El “estado agudo de enamoramiento” se
reconoce por una serie de rasgos: una enorme atracción (necesidad afectiva), identificación mágica con el otro (idealización), fusión (sentimiento de reciprocidad), proyección (verse a uno mismo en el otro), exclusividad (fidelidad sexual), atención concentrada, magnificación del otro, pensamiento obsesivo, energía intensa, tanto emocional como sexual, una capacidad empática desbordante. “Anna Karenina se condenó por su
empeño en querer a quien no la podía querer. Ese es su síndrome, el que sufren los que aman ciegamente, es decir, sin darse la oportunidad de encontrarse con el otro. Aman una idea y aman sus propias sensaciones. Pero no se dan cuenta de quién tienen delante, porque solo pueden ver su propio reflejo, como Narciso. Embriagados por la euforia confunden el amor a sí mismos con el amar.”, explica Guix. Y contrapone, en la novela de Tolstói, el amor de Levi y Kitty. “Dos se juntan, pero no se mezclan. Dos se juntan, aunque forman una trinidad: tú, yo, y tú y yo. Dos en amor es para gozar, procurarse felicidad y cuidarse mutuamente. Sin dejar de ser ellos mismos. Es una experiencia única que permite un conocimiento profundo de uno mismo, a la vez que lo extirpa de su tendencia egocéntrica.”Xavier Guix concluye: “El amor auténtico, el amor duro, no se robustece de sensiblerías, sino de la alegría de saber que podemos contar con el otro, pase lo que pase. Es el amor de la reciprocidad, de la amistad y del ágape, de la ternura y de la compasión.”

En agosto de 2016, en ‘Pasión por la libertad’, volví a escribir sobre Anna Karenina. Las versiones cinematográficas anglosajonas nos la han presentado como una débil mujer que sucumbe ante los encantos de un seductor y se suicida ante un callejón sin salida: su marido no le otorga el divorcio y su príncipe deja de desearla.

En realidad, Anna Karenina nos muestra un “triángulo amoroso”, pero no entre personas sino entre los tres cerebros de la protagonista: el visceral, el emocional y el racional. Desde el racional, el convencionalismo de su marido y el miedo al “qué dirán”. En lo emocional, se siente halagada por Vronsky (esa mezcla letal entre la testosterona varonil, la oxitocina del cariño y la dopamina del placer) y cuando prueba la pasión, la intimidad es absoluta. “Las hormonas son fundamentalistas“.

Creo que la antropóloga Helen Fisher es quien mejor nos puede contar “la ciencia del amor”. Para ella, “el amor no es una emoción, sino un impulso que se origina en la parte de la mente que desea. Es un impulso más poderoso que el sexual.”

Un triple sistema, y de ahí su complejidad. “Primero, el del impulso sexual. Se siente todo el tiempo, es una sensación parecida al hambre. El segundo es el del amor romántico, la euforia. El tercero es el apego, la sensación de seguridad y calma”. Después de 30 años estudiando el Amor científicamente, la Dra. Fisher nos aclara que el Amor depende del misterio, del “mapa” personal que hemos configurado desde niñ@s y de la complementariedad de cerebros”.

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“Es posible sentir un profundo apego por una pareja con la que uno ha compartido gran parte de su vida mientras se siente un amor romántico por otra persona, y a la vez sentir una atracción sexual irrefrenable por una tercera persona, no relacionada con las otras dos. Esto quiere decir que definitivamente sí somos capaces de amar a más de una persona al mismo tiempo”, proclama Helen Fisher.

Desde la Neurobiología del Amor, hemos de tener en cuenta el núcleo caudado (un espacio en forma de C cercano al centro del cerebro), que forma parte del cerebro reptiliano y que es un potente motor sexual, porque libera dopamina (el caudado también activa la atención consciente y el aprendizaje). El Amor romántico (emocional) es la gratificación de esa recompensa: una necesidad, un ansia viva. Cuando la pareja va estrechando el vínculo y profundiza en la relación, surge el apego (disminuye la dopamina y la norepinefrina, aumentan la oxitocina y la vasopresina). El Amor, el corazón, está en el cerebro, en la materia gris.

El Espejo Gótico: Por qué amamos: Helen Fisher

¿Qué podría haber hacho Anna Karenina, a quien su marido no concede el divorcio y por tanto le impide ver a su hijo, para no acabar trágicamente? En el carruaje en el que se dirige a la estación donde se va a suicidar tirándose a la vida del tren, comparte su angustia con una sirvienta, que evidentemente no actúa de coach.

Si lo hubiera sido, tenía que haber utilizado (de la reflexión provocada por preguntas abiertas a la acción con un plan concreto) el modelo de Transformación de Richard Beckhardt (1918-1989), con cuatro elementos.

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El elemento que resta es la Resistencia al cambio. En el caso de Anna Karenina, el convencionalismo que representa su marido,  Alekséi Aleksándrovich Karenin, un alto funcionario del Gobierno. Le amenaza con no concederle nunca el divorcio y que jamás podrá volver a ver a su hijo. Tras una estancia de un año por Europa (Roma, etc) con Vronsky, Anna regresa a la sociedad rusa y a la hostilidad del “qué dirán”.

Los tres elementos positivos a favor de la transformación son la insatisfacción con el status quo (Anna Karenina no se siente deseada ni amada por su marido, pero sí por Vronsky), la visión de futuro (una vida juntos, más felices) y un plan de acción. Lo último es precisamente lo que le faltó a Anna Karenina. Su amante se retira a su casa de campo (a petición de ella), su marido no modifica las condiciones y ella se siente angustiada.

La paciencia es una virtud (un valor vivido), un justo medio aristotélico entre el enojo excesivo y la falta de asertividad. Kant nos enseñó que la impaciencia es la debilidad del fuerte; tal vez su talón de Aquiles. Sin embargo, la paciencia no consiste simplemente en esperar, sino en cómo nos comportamos (con hidalguía, con grandeza) mientras esperamos. “La paciencia es atender al tiempo del otro, en plena consciencia de que se vive el tiempo en plural, con los demás, creando un evento de relación, de encuentro, de amor”, nos enseña el prior Enzo Bianchi.

A Anna Karenina le faltó un plan de acción que superara la resistencia de su marido y dotara de coherencia a su visión de futuro y a su insatisfacción con el status quo. Simple en el pensamiento, difícil en la ejecución.

León Tolstoi: No hay más que una manera de ser feliz: vivir para ...

La canción de hoy, de Marc Anthony, ‘Tu amor me hace bien’.

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