El final del promedio

Segundo domingo de mayo, Día Mundial de la Cruz Roja, la organización humanitaria más grande del mundo. Último fin de semana del Estado de Alarma (con la Libertad, debe venir la Responsabilidad para quienes estamos hartos de que nos traten como a críos). Nos quedan tres sábados de este mes: San Isidro labrador, Santa Rita de Casia (Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita) y San Maximino, obispo de Tréveris (3.889 personas en España figuran con ese nombre de Maxi).

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He estadp leyendo ‘The end of average’ (El fin del promedio) de Todd Rose. El profesor Rose imparte en la Escuela de Harvard de Educación (dirige el programa Mente, Cerebro y Educación y ha publicado también ‘El caballo oscuro’ (sobre el poder del cumpliento). Próximamente ‘Desilusiones colectivas’.

The End of Average: Unlocking Our Potential by Embracing What Makes Us  Different: Amazon.es: Rose, Todd: Libros en idiomas extranjeros

Adam Grant (‘Dar y Recibir’, ‘Originales’, ‘Piénsalo de nuevo’) considera que este libro “revierte nuestras premisas sobre lo que consideramos talento”. El New York Times lo llamó “subversivo”. Y Dan Heath, (Ideas que pegan, Momentos mágicos, Decídete, Cambia el chip) lo califica de “alucinante”.

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El texto consta de tres partes:

  1. La era del promedio. “El talento individual es demasiado esporádico e impredecible como para que cualquier organización de la sociedad se construya en torno al él. Los sistemas sociales sostenibles se construyen sobre la persona promedio, que puede ser entrenada para ocupar cualquier posición de forma adecuada, e incluso brillante” (Stuart Chase, Un estudio apropiado de la humanidad). Así era el paradigma taylorisra. Sin embargo, en 2002 el neurocientífico Michael Miller (Universidad de California en Santa Barbara) se percató de que no existía el “cerebro promedio” (todos son únicos). Las diferencias no son sutiles, sino muy amplias. La historia del “hombre promedio” comenzó en 1819 con el científico belga Adolphe Quetelet. Este doctor en Matemáticas por la Universidad de Gante quería ser el nuevo Isaac Newton, pero le pilló la Revolución de 1830. Centrado en la astronomía, se dio cuenta de que el comportamiento humano era imprescindible, a diferencia del Universo. Tomando las ideas del suizo Carl Gauss, propugnó que toda persona era como el promedio, más una desviación. Así inventó su Índice (el Índice de Masa Corporal). En 1846, creó el primer censo para el gobierno belga; el congresista James Garfield hizo lo propio en EE UU. El físico James Maxwell se inspiró en Quetelet para su teoría de gases, John Snow para luchar contra el cólera en Londres y Wilhelm Wundt, uno de los padres de la psicología, para el estudio del ser humano. Así comenzó “la era del promedio”, eliminando a [email protected] prominentes y a [email protected] imbéciles. Francis Galton, que consideraba a Quetelet “la maypr autoridad en ciencias vitales y sociales”, creó el cociente intelectual, la cúspide del promedio. La media es la media, y lo demás son desviaciones. Aunque médicos como Claude Bernard fueron críticos con el sistema (en 1865: la ley de los grandes números es tan cierta en general como falsa en particular), triunfó. El mundo se estandarizó, y de ahí la sociedad de consumo. Frederick Winston Taylor se aprovechó de la transición de la sociedad agraria a la industrial (de 1870 a 1900, la población de Chicago se multiplicó por seis) y dio la preeminancia al sistema frente al individuo en “la nueva era del trabajo”. Así nació el manager (en realidad, el capataz) y la división del trabajo (1911). Compañías como la General Motors y estados como la Alemania nazi, la Italia de Mussolini y la URSS de Lenin y Stalin adoptaron el taylorismo con entusiasmo. Así perdura en muchas empresas, en la educación como “fábrica” (desde la Fundación de Rockefeller en 1912). Thorndike, discípulo de Willam James (el otro “padre” de la psicología) publicó más de 400 artículos científicos y llevó el taylorismo a las ciencias humanas como nadie. Su axioma fue: “La Calidad es más importante que la Equidad” (Aristóteles se habría rasgado las vestiduras). El libro de Thorndike se llamó, curiosamente, Individualidad, cuando buscaba lo contrario. Su obsesión con los niveles ha llegado a nuestros días. “Hemos perdido la dignidad de nuestra individualidad. Nuestro sentido único se ha convertido en un obstáculo, en una distracción imperdonable en el camino hacia el éxito”. La Excelencia (que no es un acto, sino un hábito, como nos enseñó Aristóteles) se supedita a la conformidad social. El psicólogo Peter Molinaar, que en 2003 tenía 55 años, se rebeló contra la estandarización con el “interruptor ergódico”: el promedio sólo funciona si todas las personas son idénticas y no cambian en el tiempo (premisas absolutamente falsas, obviamente). Ni somos clones, ni estamos [email protected] Analiza y luego agrega, no al revés (Esther Thelen). Porque la individualidad importa mucho; TCV (Tras el CoronaVirus), ni te cuento.
  2. Los principios de la individualidad. “Un individuo es un sistema multidimensional que evoluciona con el tiempo” (Peter Molinaar, desde 2005 profesor de la Universidad de Penn State). Tres principios: el Talento es dentado (jagged), con picos y valles. El Wall Street Journal señaló en 2012 que el 60% de las grandes firmas (las Fortune 500) utilizan rankings para su selección. Tres años más tarde, Google, Deloitte o Microsoft los habían abandonado, porque habían perdido demasiado talento (MIcrosoft lo llamó “la década perdida”). El mítico jugador Isiah Thomas retomó los New York Knicks fichando sólo a los jugadores que más puntos marcaban desde su posición: perdió cuatro temporadas y dos tercios de los partidos (no había complementariedad, no había equipo). Además, entre las dimensiones del talento hay correlaciones débiles. James Catell, discípulo de Galton, fue el primer psicólogo con doctorado y buscó una “inteligencia general”: una entelequia, porque las inteligencias son múltiples (Howard Gardner). Cuidado con la “ceguera del talento” y con descuidar el potencial. Los rasgos de personalidad (definidos por Galton como “realidades duraderas y persistentes que son factores de nuestra conducta”) son un mito. El autor se refiere al experimento de Stanley Milgram de “obediencia a la autoridad”, al MBTI (Test de Myers-Briggs) y a la importancia del contexto. Cita al profesor Yoichi Shoda (Universidad de Washington), uno de sus investigadores favoritos, que demostró que los rasgos interactúan “en función del contexto”. “Ningún comportamiento humano puede explicarse independientemente de la situación que lo ha producido” (principio del contexto). ¡WOW! If-then. Por ejemplo, los niños agresivos con sus compañeros suelen ser dóciles con los adultos (como los capataces con sus jefes). Incluso la Honestidad es contextual (como demostró Hugh Hartshorne hace un siglo). Incluso el “estudio de las chuches” de Walter Mischel, que teóricamente predice el éxito desde el autocontrol a los 4 años, es contextual (Celeste Kidd, Universidad de Rochester): los niños de origen humilde se lo comerán inmediatamente ante el peligro de que se lo quiten: la serenidad es un lujo social. Debemos repensar la capacidad, el talento y el potencial. El sector de los RR HH que ha bebido del taylorismo (gente promedio en trabajaos promedio) debe reinventarse. O pensamos en contextos o no somos eficaces. La tercera gran barrera del “pensamiento promedio” es la normatividad. Taylor, Thorndike y compañía nos han hecho creer en la carrera profesional como una serie de pasos, una escalera ordenada, un camino correcto. Karen Adolph, discípula de la mencionada Esther Thalen, ha demostrado que es una fantasía, desde el desarrollo infantil al cáncer de colón (sólo el 7% sigue el camino pautado). Se puede llegar al mismo resultado desde muchos caminos. Es la equifinalidad, como se llama en matemáticas de los sistemas complejos. En Desarrollo del Liderazgo lo han estudiado Marguerite Schneider y Mark Shorners; en desarrollo infantil, Dante Cicchetti y Fred Rogosch; en hidrología, Keith Beven. El camino de la excelencia son muchos (modelo de Kahn). Cada [email protected] de [email protected] tiene una “red de desarrollo” personal (Kurt Fisher). El camino del éxito no está trazado previamente.
  3. La era de los individuos (¿del talento?). Cuando las empresas se comprometen con la individualidad, la apatía desaparece (según Gallup, 2013, el 70% de las personas con empleo está abiertamente desconectado del mismo). Todd pone como ejemplos positivos el secreto de la lealtad en CostCo, un gran empleador que invierte en los individuos. Por ello, si la rotación en Walmart es del 40%, en CostCo es del 17% y cae al 6% después del primer año. O Zoho, la empresa tecnológica india que compite con Salesforce o Microsoft y cuenta con su propia Universidad. O Morning Star, que se centra en la libertad individual. Todd lo llama “capitalismo de beneficio mutuo”; algunos lo llamamos “talentismo”. Debemos aplicarlo a la educación, que no es un juego de promedios sino de dignidad; credenciales, no diplomas; competencia personal, no grados; que [email protected] estudiantes determinen sus caminos (ikigai: pasión, vocación, misión, profesión). Redefinamos las oportunidades desde lo que nos hace únicos.

‘El final del promedio’ nos demuestra una tesis muy atractiva: “Cualquier sistema diseñado alrededor de la persona promedio está abocado al fracaso”. Entonces, ¿qué ocurre con la educación en torno al alumno promedio, con las empresas y el trabajador promedio, con la política y el votante promedio o el ciudadano promedio? Que nos llevan a lo que nos han llevado: al final de una era. “Cada persona es única, no es un punto en la campana de Gauss” (Todd Rose).

Gran libro, que espero pronto esté en castellano. Te animo a ver este TED de Todd Rose, ‘El mito del promedio’ en el condado de Sonoma (2013).

‘You make me feel’ (Así me haces sentir) de Sylvester (1979). Puro funky para este sábado de fin del estado de alarma, 14 meses después.

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